Columna de Opinión

El asalto final

02-09-2018 Comentar

Ahora vienen por todo y por todos y por todas quienes habitamos esta bendita nación.




Se preparan para el asalto final contra los intereses de la nación y el pueblo. El tantas veces proclamado “déficit cero” es la orden de pasar a degüello una por una todas las conquistas sociales y las trincheras que defienden dignamente nuestra soberanía. Poco importa si llegamos hasta aquí por mala praxis del macrismo o porque este era el plan de exterminio de la pata civil de la última dictadura. Importa que ellos vienen por nosotros, definitivamente. Firmes las marcas, compatriotas. Espalda contra espalda.

Aquí no se rinde nadie, dicen las calles: Fuerza Cristina. Fuerza Argentina.

Es que el gobierno de Macri se desmorona y en la caída, deja un tendal de víctimas. La figura presidencial se desmorona, pero el país también. Se desmorona mi casa, la tuya, la del vecino, la del trabajador despedido, el banco de la plaza donde van nuestros viejos jubilados se desmorona de ausencia y de frío y el pobre viejo que se muere por no poder comprar los remedios que le recetaron y ese viejo que llevamos adentro se desmorona de olvidos. Todo se desmorona y el proyecto de país que pregonó el macrismo de los globos y el bailecito orangután sobre el escenario, también se desmorona.

Por eso mismo, en medio de la devastación, habrá que animarse a ver cómo se desmorona el último proyecto de la clase más parasitaria de la sociedad, la vieja oligarquía remozada en salsa de Ceos y yuppies reclutados en escuelas y universidades privadas, en poderosos bancos privados, en potentes tanques mediáticos privados, en agentes de bolsa, en cuevas de negocios sucios, en tipos y tipas que se conocieron en Miami o en la Sociedad Rural o en la sede central del FMI, en los hijos de papá y en los hijos de mamá con dos, tres y hasta cuatro apellidos salpicados de sangre originaria.

Somos testigos de este tiempo en que la oligarquía argentina demostró, una vez más, ser una clase mediocre, holgazana, especulativa, egoísta, cipaya. Y violenta.

Nuestra devastación popular, en el largo plazo de la historia, es un estado casi permanente sólo cortado por escasos períodos de gobiernos populares; no es que estemos a acostumbrados, porque es horrible naturalizar la espina de la injusticia siempre clavada en el corazón de los más humildes de esta tierra. Pero digamos que somos esa parte de la sociedad que goza y padece casi en igual proporción y medida. De la mortadela al jamón y viceversa. Del tetrabrik a un malbec, ida y vuelta. De la casilla prefabricada a la vivienda digna de cemento y ladrillo.

Los Ceos y alcahuetes del imperio que nos gobernaron hasta ahora, no tienen igual plasticidad. Creyeron que venían a quedarse para siempre, a refundar la república encogida, agroexportadora, insertada en el mundo de los ricos, la Argentina blanca, la Argentina ensartada. Mucha juventud acumulada nos regala el don de recordar que dijeron lo mismo los entorchados Justo y Uriburu, Aramburu y Rojas, Onganía y Krieger Vassena, Videla, Massera, Agosti, Martínez de Hoz y su mejor alumno, Domingo Felipe Cavallo.

Así les fue.

En la antigüedad, cuando esa oligarquía se quedaba sin mediación política de comité, acudía a los cuarteles y salía a patrullar la cocina y la alcoba de los compatriotas. Y cuando se quedó sin una y sin otra mediación, se decidió armar su propio partido y creó Cambiemos con un núcleo duro al que llamaron PRO.

Vinieron a saquear, a fugar divisas y a inventar una nueva cultura para los argentinos desde el neoliberalismo más rancio, cruel y antisocial. Fueron una suerte de carta blanca para que la soldadesca salga a matar por la espalda y asesinar mapuches y reprimir trabajadores y afirmar sin pudor alguno, que se acabó el populismo para siempre y que el nuevo orden neoliberal estaba destinado a dominar por los siglos de los siglos. No somos un gobierno, dijeron, somos una nueva cultura. Terminaron siendo apenas una banda.

Y allí los tenés. Temblorosos de papada aprontando las valijas para una pronta huida. Contando los billetes que ganaron y se hicieron ganar, pero mordiendo el polvo de una derrota a manos de una resistencia persistente y recibiendo el tiro del final de la boca del cañón de sus propios socios y parientes de clase. ¿No es divino?









agenciatimon (Jorge Giles)

Argentina, Cambiemos, Ceos

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